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ABC

Los 18 errores históricos de «Mientras dure la guerra», la película sobre Franco y Unamuno de Amenábar

La ligereza con la que el director aborda el fin de la República y el golpe militar a través de los ojos del intelectual vasco, más allá de las licencias inherentes a cualquier ficción, vicia la historia e incurre en mitos claros y recurrentes



César Cervera
Lucía M. Cabanelas
Actualizado:
01/10/2019 12:27h



Qué, por qué y a quién molesta «Mientras dure la guerra»

Amenábar: «He intentado ser entendido por izquierda y derecha»


«Millán-Astray supo explotar la figura de Unamuno para el bando nacional»
Después del poco ruido que generó con «Regresión» hace casi cinco años, Alejandro Amenábar vuelve la vista a España, a su pasado reciente y a esa herida que todavía sigue abierta para intentar reconciliar a «hunos» y a «hotros», como diría Miguel de Unamuno.

Aunque el director de «Mar adentro» ya explicó en una entrevista para ABC que con «Mientras dure la guerra» no pretende incomodar ni ofender y sí ser entendido por «la izquierda y la derecha», la imprecisión con la que aborda esta interpretación del ascenso al poder de Franco a través de los ojos del intelectual vasco, más allá de las licencias inherentes a cualquier ficción, vicia la historia e incurre en algunos errores claros y mitos recurrentes.


«El tiro de la plaza»

La película arranca en la Plaza Mayor de Salamanca, perfectamente reconstruida con los jardines que presidían el lugar a principios del siglo XX, cuando un grupo de militares sublevados emerge en el plano para anunciar el Estado de Guerra en la ciudad.

«Mientras dure la guerra» termina esta primera secuencia con la insinuación de que un grupo de civiles armados iba a contraatacar en esa misma glorieta ante la llegada de los militares.

Referencia clara a lo que se ha llamado «El tiro de la plaza», episodio en el que un grupo armado de militantes de las Juventudes Marxistas Unificadas respondió a la proclamación de ese 19 de julio con disparos.

La respuesta de los militares fue abrir fuego indiscriminado matando a un sastre, a una chica de 14 años, un médico y así hasta siete personas en el acto y cinco más a consecuencias de las heridas.

La escena, sin embargo, incurre en algunos errores respecto a lo recogido por las crónicas.

Los soldados que llegaron desde Valladolid estaban compuestos por un piquete de infantería y un escuadrón de caballería, entre ellos el militar encargado de leer el parte, que iba a caballo.

La película prescinde de los corceles y de los cascos metálicos que llevaban los militares y pone en palabras del oficial al mando, el capitán Barros, el discurso:

«Atención, hoy, 19 de junio de 1936, queda declarado el Estado de Guerra en Salamanca, y con ayuda de Dios, en toda España». Según los hispanistas Colette y Jean-Claude Rabaté, biógrafos de Miguel de Unamuno, el soldado habría terminado no con Dios, sino con un «¡Viva la República!», lo mismo que el general Queipo de Llano y otros sublevados en sus discursos, pues en ese momento se hablaba de un golpe para restablecer la legalidad, no para cambiar el sistema del Estado o imponer una dictadura militar.

Aparte del hecho de que el oficial que lee la proclama afirma en el tráiler (luego corregido) «hoy, 19 de junio», en vez de 19 de julio.


Concejal del bando nacional

Amenábar prefiere no incidir en su obra en el cargo político que representó Miguel de Unamuno en la Salamanca tomada por los militares, no más allá de su papel de rector.

Aunque no se menciona nada en la película, el pensador bilbaíno tomó parte en la constitución del primer Ayuntamiento de Salamanca de los sublevados, en el que participó como concejal.

«Estoy aquí porque me considero un elemento de continuación, pues el pueblo me eligió concejal el 12 de abril, y porque el pueblo me trajo, aquí estoy, sirviendo a España por la República», justificó sobre su presencia allí.


La rojigualda monárquica

La ficción muestra al bando nacional cambiando la bandera republicana por la monárquica, la rojigualda, como algo improvisado cuando Franco tenía su cuartel establecido en Cáceres.

En realidad, la elección de este símbolo no fue en la localidad extremeña ni fruto de la casualidad.

En un acto celebrado el 15 de agosto en Sevilla, con objeto de la festividad de la Virgen de los Reyes, el gallego dio un breve discurso y arrió la bandera republicana, sustituyéndola por la rojigualda (usada, por cierto, en tiempos de la Primera República) al son de la Marcha Real.

De forma premeditada y unilateral, Franco recuperó los símbolos monárquicos para adaptarlos a la nueva España y aglutinar a este grupo ideológico en su causa. «Nos la querían quitar», dijo ese día el general de generales besando la bandera.

En todo caso, la imagen uniforme de la bandera rojigualda en el bando nacional que aparece en «Mientras dure la guerra» no se corresponde con la variedad de formas que tuvo durante los cuatro años de guerra.

A falta de una directriz clara, las tropas franquistas utilizaron banderas monárquicas con escudos regionales e incluso republicanos.


La viuda del alcalde

Uno de los momentos más crudos de la película muestra a la viuda de Casto Prieto, por entonces alcalde de Salamanca y fusilado apenas diez días más tarde a unos treinta kilómetros de la ciudad tras ser depuesto y encarcelado, en casa de Unamuno, lugar al que acude para suplicarle ayuda económica.

Tras rechazar el préstamo, Ana Carrasco le reprochó al intelectual haber financiado la causa militar con 5.000 pesetas.

Según los Rabaté, si bien es lógico que donara dinero a la causa militar ya que los funcionarios estaban obligados a ello, es poco probable que fuera esa enorme cantidad.

El periódico que informó de esa inversión no resulta una fuente fiable, ya que se desdijo posteriormente y publicó tras la muerte de Unamuno que no fueron 5.000, sino 15.000 pesetas lo que el escritor depositó en favor del golpe militar.


Por qué no tomó Madrid

Un extendido mito sostiene que Franco se desvió de su objetivo principal, conquistar Madrid, para rescatar a los militares asediados en el Alcázar de Toledo solo porque quería alargar la guerra con fines particulares.

La película así lo refleja, cuando uno de los consejeros del generalísimo da por hecho que Madrid se podía conquistar ese mismo verano de 1936.

Ciertamente se trató de una decisión personal de Franco, de espaldas a la Junta de Burgos, y con fines más propagandísticos que militares, pues Toledo era una presa menor dentro del conflicto.

No obstante, en los últimos años muchos historiadores han tratado de combatir la leyenda de que Franco no tomó Madrid porque no quiso. Como explicó en una entrevista a EFE Jorge M. Reverte, autor de «De Madrid al Ebro.

Las grandes batallas de la Guerra Civil» (Galaxia Gutemberg), «que Franco no tomara Madrid hasta el final de la guerra no se debió a una decisión estratégica, como indica el hecho de que lo intentara sin éxito en varias ocasiones». El ejército que llegó a Madrid era de unos 20.000 hombres, fuerza nimia para conquistar una ciudad armada de un millón de habitantes.


La «baraka» de Franco

En un momento de la película, Millán Astray defiende la elección de Franco como mando único del Ejército frente a la Junta de Burgos en base a que tenía «baraka», una especie de bendición divina, acuñada por los musulmanes que combatieron junto a él en el Rif cuando no era más que un mero teniente de Regulares.

Y ciertamente esquivó la muerte más de una vez en una unidad con gran mortalidad. Como expone José Luis Hernández Garvi en su libro «Ocultismo y misterios esotéricos del Franquismo», de los cuarenta y dos jefes y oficiales que entre 1911 y 1912 se incorporaron a los Regulares de Melilla, él fue uno de los siete que seguían ilesos en 1915.

Lo que no es verdad, a pesar de lo que sostiene el fundador de la Legión en el filme, es que Franco esquivara las balas. Así lo demuestra que un disparo en el bajo vientre estuviera a punto de matarlo en 1916, provocando que perdiera un testículo cuando solo era un capitán.


El orden que altera

Cuesta imaginar el motivo por el que Amenábar, tan preciso en algunos detalles de «Mientras dure la guerra», se equivoca en la asignación de escaños en la mesa que presidía el acto en el paraninfo de la universidad.

Así, el director coloca a Unamuno en el extremo izquierdo de la mesa, a la siniestra del cardenal Plà y Deniel, cuando en realidad el entonces rector de la Universidad de Salamanca estaba sentado entre la mujer de Franco y el prelado, precisamente quien le separaba de Millán-Astray, que, casualidad o no, en la película se sitúa en el límite derecho de la mesa


«Vencer no es convencer»

Amenábar no cae en el tópico y evita recrear la frase más célebre del filósofo bilbaíno, «venceréis pero no convenceréis», que ha trascendido debido al adornado escrito del profesor auxiliar Luis Portillo para la revista Horizon, una versión del discurso repleta de libertades por parte de alguien que, en realidad, ni siquiera se encontraba en Salamanca el Día de la Raza de 1936.

Dos décadas después, Hugh Thomas, en su libro «The Spanish Civil War», recogió la versión llena de inexactitudes de Portillo y la convirtió en el mito que es hoy en día.

Como se puede ver en la película, durante la soflama que el por entonces rector de la Universidad de Salamanca da en el paraninfo frente a un palco de sublevados y, entre otros, Millán Astray, nunca se pronunció el mítico «venceréis pero no convenceréis», no al menos literalmente, sino «vencer no es convencer», tal y como descubrió el historiador Severiano Delgado Cruz, bibliotecario de la institución salmantina.

Donde sí yerra el director es en otras consignas del discurso, ya que el pensador vasco no se refirió a la universidad como «el templo de la inteligencia», su «templo», tal y como ha trascendido de la investigación del archivero.

Según el matrimonio Rabaté, el intelectual escribió 40 palabras en el reverso de una carta que tenía en el bolsillo, entre ellas las siguientes: «Vencer y convencer, odio y compasión, odio inteligencia, lucha unidad catalanes y vascos, cóncavo y convexo, independencia, Rizal y los nombres de los cuatro oradores». No todas estas ideas están presentes en el discurso que improvisa Unamuno en la película.


Linchamiento en el paraninfo

La mención de Unamuno a José Rizal, héroe de la independencia de Filipinas fusilado en Manila, ausente en la película, tensó más si cabe la tirante atmósfera del paraninfo aquel 12 de octubre de 1936.

Si bien las consecuencias de las palabras del vasco son indiscutibles, no hay más que ver la deposición del filósofo vasco del cargo de rector de la Universidad de Salamanca que le había sido restituido tras la sublevación militar o su posterior recluimiento en casa, lejos estuvo el airado enfrentamiento dialéctico de ser un linchamiento a Unamuno, tal y como retrata Amenábar, salvado solo por la oportuna y piadosa mano de Carmen Polo.

El director inyecta intensidad dramática al momento álgido de «Mientras dure la guerra», con imágenes de los soldados cargando sus pistolas, dando así credibilidad al testimonio -uno de los tantos que existe del momento- del catedrático de Medicina José Pérez-López Villamil, que reconoció en la revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en 1985 el terror que sintió ante la presencia de «metralletas y las pistolas amartilladas de los legionarios y falangistas». Lo cierto es que el escritor pudo abandonar el recinto de manera tranquila y sin temer por su vida.


Millán Astray estrecha la mano de Unamuno en Salamanca tras el enfrentamiento dialéctico en el paraninfo - BNE

Tal y como atestigua la fotografía sobre estas líneas, Unamuno y un sonriente Millán Astray se estrecharon la mano a la salida del claustro, lo que parece desmentir que hubiera una hostilidad más allá de la dialéctica.

Resulta muy cuestionable que ese día la vida de Unamuno corriera peligro de muerte, si bien la gravedad de su proclama motivó que el falangista Francisco Bravo advirtiese a Fernando, uno de los hijos varones del escritor, para que convenciese a su padre de evitar en el futuro actuaciones públicas como la protagonizada en el paraninfo.


Volvió andando

Como prueba de que el incidente en el paraninfo de Salamanca sí tuvo consecuencias para Unamuno, se suele recordar que esa misma tarde fue expulsado del casino e incluso recibido entre improperios de «¡rojo!» y «¡traidor!».

La película de Amenábar no recoge ese suceso, pero da a entender que el filósofo vasco se recluyó en su casa directamente desde el coche de Carmen Polo.

Allí, según la versión del director, le reciben sus familiares como si fuera un héroe victorioso. La realidad es que ni siquiera abandonó el paraninfo en coche junto a la esposa de Franco sino caminando, tal y como defienden los expertos en el filósofo Colette y Jean-Claude Rabaté.

Lo cual es muy probable si se tiene en cuenta la escasa distancia que hay entre el Paraninfo y lo que entonces era la casa del rector, en la calle Bordadores.


España Una, Grande, Libre

A pesar de la precisión casi milimétrica con la que están trazados algunos momentos clave en «Mientras dure la guerra», como el hecho de que Unamuno emplee la carta de la viuda del pastor protestante Atilano Coco para escribir el borrador de su discurso, no es cierto que Millán Astray bramase «España Una, Grande, Libre» tras la arenga del escritor, ya que esta frase nacionalista todavía no se pronunciaba en actos estatales, tan solo en los celebrados por la Falange.

Lo que sí voceó el Glorioso Mutilado fueron proclamas patrióticas.


Sobre la mano que le tendió Carmen Polo a Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca se han escrito ríos de tinta, si bien para justificar tal concesión por parte de la esposa de Franco Alejandro Amenábar enfatiza la admiración de la ovetense por «los poemas cristianos» del escritor.

Pero no hay constancia alguna de que ni Polo ni Franco tuvieran inquietudes existencialistas o interés por otros aspectos de la obra del intelectual vasco.

Unamuno fue un poeta tardío, además de un cristiano heterodoxo (el obispo de Canarias le llegó a calificar de «hereje máximo»), por eso resulta complicado que una persona tan estrictamente católica como Carmen Polo demostrase tal interés por esta faceta del también filósofo.

No fue hasta la década de los sesenta cuando se redescubrió su poesía como un valor católico.


Sin rastro de los hijos varones

En la cinta, el entorno familiar de Unamuno está representado por sus hijas Felisa, María y un nieto suyo, que viven en Salamanca con el filósofo.

Sin embargo, el vasco tenía cuatro hijos más vivos en el momento que se produjo el incidente en el Paraninfo.

Según recoge Jon Juaristi en su biografía «Miguel de Unamuno» (Colección Españoles Eminentes), uno de ellos, Rafael, estaba ese día en Salamanca y fue quien se presentó en el casino, para llevar a su padre a casa y protegerlo de los insultos que estaba recibiendo.

«Al advertir Miguel que pretendía sacarle por una de las puertas laterales, que daba a la calle del Concejo, se desasió con brusquedad y salió, seguido de su avergonzado vástago, por la puerta principal». Amenábar prescinde de cualquier referencia a estos hijos varones en «Mientras dure la guerra».


La salud de Unamuno

Unamuno no sobrevivió ni siquiera al primer año de la Guerra Civil. Cuando el escritor griego Nikos Kazantzakis lo visitó, lo encontró «súbitamente envejecido, literalmente hundido y ya encorvado por la edad».

Entre el mito y la realidad, se afirmó que murió, a los 72 años, de una congestión cerebral, producida por las emanaciones de anhídrido carbónico del brasero doméstico.

Se le enterró al día siguiente, 1 de enero de 1937, en el cementerio municipal, entre gritos falangistas, en una tumba con el siguiente epitafio: «Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar».

Amenábar, no obstante, ubica el repentino bajón de salud del filósofo, hasta entonces enérgico e incansable, en la detención de dos de sus amigos de café, cuando la deriva de brutalidad que tomó la Guerra Civil destrozó el cuerpo y el espíritu de Unamuno.

Recurso literario pero complicado de documentar.

La salud de este septuagenario no era buena desde, al menos, 1931, cuando consta que fue objeto de una operación quirúrgica. El ánimo depresivo fue una constante tanto en su vida como en su obra.

La muerte de su Salomé, «la hija de su alma», a causa de una tuberculosis ósea, le sumió en 1933 en una profunda depresión de la que le costó recuperarse.

En definitiva, sus problemas anímicos y físicos eran anteriores y se correspondían a su edad.

Días después del golpe, cuando aún no tenía motivos para estar desengañado con los sublevados, una fotografía en el Ayuntamiento de Salamanca ya le representa enflaquecido, desgarbado y un poco desaliñado.


El papel de Millán Astray

Igual que el reverso de una moneda, en el filme Millán Astray ejerce de contrapeso de Unamuno, el militar contra el intelectual.

De ahí el exagerado peso que la ficción le atribuye al fundador de la Legión dentro del gabinete personal de Francisco Franco.

Si bien el Glorioso Mutilado no participó en el Golpe de Estado y, de hecho, estaba fuera de España en su gestación, Franco reservó a su antiguo superior y camarada un puesto en su camarilla privada. Millán Astray ejerció como jefe de Prensa y Propaganda, pero no tuvo mando efectivo sobre ninguna unidad militar ni participó en combates de la Guerra Civil.

Junto a Orgaz, Kindelán, Yagüe y Nicolás Franco formó una especie de equipo de campaña político dedicado a conseguir que Francisco Franco se convirtiera primero en jefe de la Junta de Burgos y luego en jefe del Estado.

Así lo consiguieron tras sendas reuniones en Salamanca, celebradas en el aeródromo de San Fernando, el 21 y el 28 de septiembre de 1936, en las que asistieron los generales Cabanellas, Queipo de Llano, Orgaz, Gil Yuste, Mola, Saliquet, Dávila, Kindelán y el propio Franco, junto a los coroneles Montaner y Moreno Calderón.

Lo refleja bien la película, salvo por el excesivo protagonismo en algunos momentos de Millán Astray, que aparece dando un discurso frente a la junta militar para animarles a votar a Franco.

Dado el tipo de reunión que era, es probable que aquella arenga nunca tuvo lugar, y de hecho Kindelán afirma que el legionario ni siquiera estuvo presente en la segunda de las asambleas. No existe ningún acta del encuentro, por lo que es difícil saber exactamente cómo transcurrieron las deliberaciones.


El intelectual de la muerte

También supone una interpretación cuestionable la imagen de zote y hombre zafio con el que el actor Eduard Fernández encanga al fundador de la Legión.

A pesar de sus gestos exagerados y su carácter explosivo, Millán Astray fue un militar bien instruido y con sorprendentes inquietudes intelectuales.

No solo fue quien incorporó en los reglamentos del Tercio lo mejor de la literatura técnica castrense de los años veinte, recogida de ambientes franceses en los que se desenvolvía con soltura, sino que, como admirador de la cultura oriental, tradujo del inglés textos clave del Bushido, el código moral de la cultura samurái por entonces desconocida en Europa, lo que contrasta con el empeño de Amenábar en hacerle enemigo de «los intelectuales». Impartió cursos de historia militar, geografía y táctica en la Academia de Infantería con gran solvencia.

El catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla Javier Hernández Pacheco explica en un artículo, publicado el pasado sábado en el «Diario de Sevilla», que el general coruñés se alineó con ideas complejas para su tiempo:

«Tras la Primera Guerra Mundial se extiende entre la juventud europea lo que podríamos llamar una tanato-filia que cuaja, muy especialmente en Heidegger, en una filosofía de la existencia según la cual también la aceptación de la muerte es el paso imprescindible hacia la autenticidad de una vida que sólo en ese último límite se "decide" a ser sí misma.

Este desgarrado decisionismo existencial implica el rechazo de una intelectualidad cosmopolita e ilustrada que por aquellos años veinte empieza a ser percibida como decadente.

Hablamos del capitán Scott, de los conquistadores de las paredes alpinas, de St. Exupery; del nietzscheano vive pericolosamente! De este modo, ¡viva la muerte, muera la inteligencia! es un lema que podría igualmente abrir las páginas de Ser y tiempo. Y Millán Astray (1920) lo formuló antes que Heidegger (1927)».


Los falangistas analfabetos

Los falangistas que aparecen en la película son reflejados como analfabetos, brutos y en las antípodas del pensamiento de Unamuno.

Como en toda caricatura de un grupo tan variado sociológicamente, Amenábar cae en la simplificación y no tiene en cuenta que eran muchos los seguidores que el bilbaíno tenía en la Falange.

Precisamente la tarde del 31 de diciembre de 1936, cuando murió en su domicilio salmantino, se encontraba de visita el falangista Bartolomé Aragón, antiguo alumno y profesor auxiliar de la Facultad de Derecho.

Otro falangista e intelectual, Vìctor de la Serna, fue quien organizó su entierro, donde estos militantes gritaron: «Miguel de Unamuno y Jugo, ¡Presente!».

En tiempos de la República, la Falange dio un mitin en Salamanca hacia el año 1933 al que fue invitado el filósofo. Dos años después, el pensador vasco recibió en su casa de Salamanca al fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, en términos amistosos. Unamuno fue, en general, alguien muy admirado por los falangistas, que le vieron como una especie de padre intelectual.

Al respecto de presentarlos como gente indocumentada basta citar a Pedro Laín, Antonio Tovar, Dionisio Ridruejo o Sánchez Mazas como destacados intelectuales reconocidos hoy en día más allá de su orientación política.


El bigote de Franco

Una cuestión menor y más bien anecdótica tiene como protagonista el célebre bigote de Franco, que en la película luce en todo momento Santi Prego, incluso cuando probablemente estaba en fase de reconstrucción.

Según varias personas cercanas al dictador, Franco se afeitó su bigote y se vistió de civil por miedo a ser interceptado cuando hizo escala en Casablanca camino a Tetuán. Queipo de Llano opinaría más tarde que lo único que había sacrificado Franco por España era su bigote.



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