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El ‘Guernica’ que apareció en el Rastro

Un coleccionista halla el cuaderno donde el fotógrafo y falangista Antonio Calvache evoca el horror del bombardeo






El periodista Javier Monjas, con el cuaderno del fotógrafo Calvache con fotos de Guernica. FOTO: Samuel Sánchez / VÍDEO: VIRGINIA MARTÍNEZ, JAIME CASAL

Borja Hermoso

Madrid 21 MAY 2017 - 13:29 CEST

En uno de tantos puestos del Rastro, en la mañana de un domingo de tantos:

- A ver, jefe, ¿qué le doy por esto?

- Venga, tres euros y listos.

“Esto” era un cuaderno mugriento de hojas amarilleadas por el tiempo, un amasijo de papel con encuadernación de fortuna, a la manera de esos viejos cartapacios fabricados por el esforzado aunque torpón alumno en la clase de trabajos manuales. Olía (y sigue oliendo) a una naftalina de décadas.

El coleccionista había ido a pasar la mañana y había encontrado un tesoro. Le habían llamado la atención las fotos de guerra pegadas con cello y el verbo entre incendiario y romántico de aquellas páginas.

No le dio tiempo a más, se fio de su pálpito y se llevó el cuaderno, más por curiosidad que por otra cosa. “Solo cuando llegué a casa y me puse a leer aquello caí en la cuenta de lo que tenía entre manos”, recuerda hoy el coleccionista aficionado Javier Monjas mientras hojea ensimismado lo que él llama El cuaderno Guernica, en realidad –y según reza en la portada- Guernica Originales (Cuaderno D.).

Es el testamento de un hombre atormentado, el epitafio de un arrepentido.


Calvache, en los años veinte. BIBLIOTECA NACIONAL

Es la memoria viva de Antonio Calvache (Córdoba, 1896-Madrid, 1984), un personaje exagerado: fotógrafo de éxito en los años 20 y 30, director de cine, actor, torero, poeta y amigo de actrices y starlettes.

Joseantoniano de la primera hora –había retratado a Primo de Rivera en su estudio de la madrileña Carrera de San Jerónimo en 1934- , a Calvache le faltó tiempo para interpretar el levantamiento a su manera.

Se hizo falangista y, en cuanto pudo, pasó a zona nacional. Allí llegó a ser nombrado responsable de la Sección de Fotografía y Cinema dentro del Servicio de Propaganda de la Falange. Pero entre sus planes de vida no estaba estar sentado en una oficina administrando lo que otros hacían.

Era un hombre de acción cámara al hombro. Y todo ese cóctel de pasión por el cine y la fotografía, creencia ciega en una España Imperial y arrojo inconsciente le llevó al Frente Norte… y más concretamente a Guernica.

Allí, según sus propios testimonios y sobre todo según las páginas del cuaderno del Rastro que nos ocupa, entró con las Brigadas Navarras dos días después del bombardeo de la Legión Cóndor que, el 26 de abril de 1937, arrasó la villa vizcaína convirtiéndola en símbolo y mártir de la agresión nazifranquista.

La presencia de Antonio Calvache en enclaves del Frente Norte como Eibar, Bergara, Elgueta, Elorrio, Mondragón y Guernica durante la primavera de 1937 está documentada, entre otras fuentes, gracias a documentales como Marcha triunfal y Frente de Vizcaya y el 18 de julio , dos de las películas al servicio del bando nacional en las que tomó parte.

De hecho, el 24 de abril de 1937, dos días antes del bombardeo de Guernica, Calvache firmaba en San Sebastián un contrato con el empresario Duro para la realización de dos documentales de guerra en el Norte.

Para entonces ya había rodado otro sobre el Frente de Teruel, El derrumbamiento del Ejército rojo.


Una página del cuaderno.

Hasta que Javier Monjas lo encontró entre una pila de papelotes en el Rastro, el Cuaderno Guernica era una leyenda.

Realizado con toda probabilidad a finales de los años 70 (el cuaderno no está fechado), un Antonio Calvache que apuraba sus días en la más absoluta miseria da cuenta de su amargura y de su estupor ante lo que contempló en aquellos días.

El autor tilda de “crimen nauseabundo” la hazaña de la Legión Cóndor.

El cuaderno lo firma un tal N. A. Villaespesa, pero el autor se apresura a aclarar que es uno de los apellidos de la familia, “no un seudónimo”.

En su escrito, obra de un tipo desquiciado y ya sin nada que perder, se vislumbra el desencanto de haber formado parte de un bando capaz de aquella matanza (entre 200 y 1650 muertos según las fuentes).

Escribe: “Me va saliendo al paso el silencio total.

Las manos del aire van alzando la dolorosa espiral y la luz se me ofrece, esperanzadora, tras un rompiente blanco que el humo fue ennegreciendo hacia arriba. ¿Guernica? El corazón me da un vuelco.

Voy saliendo a… ¿LA NADA? ¡¡¡El erizamiento me apresa!!! Nada, la nada.

¡DIOS!... HAN HECHO DE GUERNICA… LA NADA! (…) TIERRA TRILLADA CON CUCHILLAS DE CIEN, DE QUINIENTOS, DE MIL KILOS”.

Antonio Calvache fue, junto a otros más populares que él como Alfonso y Gyenes, uno de los grandes fotógrafos de las dos primeras décadas del siglo XX.

Retrató a actrices como Conchita Piquer o Margarita Xirgu, a reyes como Alfonso XIII y Victoria Eugenia y a intelectuales como Galdós, Unamuno, Muñoz Seca o los hermanos Quintero.

El hecho de ser un personaje reaccionario pero sin prejuicios iba a jugarle una mala pasada.

Antes de la guerra civil, Calvache había fotografiado a importantes personajes de la República, empezando por Azaña y siguiendo por el coronel Emilio Bueno, militar del Partido Comunista y responsable de la defensa de Madrid en el sector de Vallecas, y todo eso acaba pasándole factura.


Otra página del cuaderno.

Y luego está aquel episodio en la Gran Vía de Madrid… Era el 28 de noviembre de 1939, el día en que el cadáver de José Antonio Primo de Rivera llegaba a Madrid tras ser transportado por voluntarios falangistas durante diez días desde Alicante.

La comitiva llega a la Gran Vía y pasa por delante del estudio de Alfonso, el fotógrafo, en el número 20; éste sale a la calle con la cámara para tirar algunas fotos, sabiendo que no podía hacerlo porque le habían depurado por sus simpatías republicanas y por haber sido amigo de Azaña y haber combatido en el frente de Teruel.

Cuando va a hacer la primera foto, unos falangistas le reconocen y empiezan a amenazarle y a acorralarlo, ‘¡tú, rojo, cabrón!’.

De pronto aparece un tipo con correajes y con cámara, y les dice “¡venga, todos fuera!”… y todos le obedecen.

Y le dice a Alfonso: “¡Coño, Alfonso!, ¿qué haces aquí?”. “Pues nada, intentar hacer fotos”. Calvache les dice a los falangistas: “¡A este no le toca ni Dios!”. Y acompaña a Alfonso a su casa.

Así recuerda el propio autor del cuaderno su caída en desgracia: “Salamanca fue para nosotros paraíso donde la fruta hay que pagarla. Las únicas mil pesetas que nos quedaban se las quedaron en la aduana para estudiar si eran rojas o blancas… y Franco no nos invitó a tomar ni asiento”. “¡Y esto le ocurre a alguien que fue uno de los jefes de la propaganda en Falange!

En lugar de acabar como un triunfador de la guerra, acaba como un apestado del régimen, y de hecho, acaba viviendo en Tánger sin que sepamos bien por qué.

Hay en él un rencor enorme hacia Franco”, sostiene Javier Monjas.

Ya nunca se recuperó. Al final Calvache acabó vendiendo fotos en el Rastro, en la puerta del Prado y en tabernas de Madrid para poder comer.

Él y su adorada mujer acabaron entre bolsas de basura.

Nunca abjuró de su ideal falangista pero es tal su desengaño con el franquismo que escribe en uno de sus últimos párrafos en el cuaderno sobre Guernica: “Rojo, negro, azul, blanco, todos son ya iguales.

Dolor”. Es el testamento último de un fascista desencantado con su bando.


Una tercera página del cuaderno de Calvache.

El documentalista y profesor de la Universidad Complutense Juan Miguel Sánchez Vigil adquirió, tras la muerte de Calvache en 1984, unas 2.500 de sus placas fotográficas de cristal: escritores, actrices, militares, toreros… Pudo hacerlo gracias al chivatazo que le dio el fotógrafo Juan Gyenes.

Aquella compra hubo de hacerse con carácter de urgencia, ya que el material que yacía en el suelo del inmenso piso de la calle de Atocha estaba a punto de ser ‘despachado’ hacia los contenedores por los servicios de limpieza del Ayuntamiento de Madrid junto con toda la porquería que el matrimonio Calvache, aquejado del síndrome de Diógenes, había acumulado en aquella casa en los últimos años de su vida.

A partir de ahí, Sánchez Vigil investigó a fondo la obra del fotógrafo hasta que, en 1994, comisarió la exposición que sobre la trayectoria de Antonio Calvache acogió el Centro Cultural Conde Duque de Madrid.

Con posterioridad, recopiló y documentó en el libro A través del espejo.

Cómicos, trágicos y mitos 137 fotografías de la carrera de los hermanos Calvache. Finalmente, cedió gran parte de su colección a la Biblioteca Nacional, “que es donde debe estar”, apostilla.

Sánchez Vigil da fe de cómo vivieron Antonio Calvache y Aurelia Wandosell sus últimos años: “Se les había ido la cabeza a él y a su mujer. Conocí a los porteros de la casa donde el matrimonio vivía, en el 49 de la calle de Atocha.

Ellos me contaron que un día la Casa Real dio la orden de que nunca les faltara de nada –los Reyes habían invitado varias veces a palacio a Antonio Calvache a que los retratara- y de que se les subiera la comida todos los días.

Entonces iba la Cruz Roja con unos termos y allí se los dejaban a ellos, a los porteros, para que se los subiesen a la casa. Hasta que un día, tocaron y tocaron y nadie abrió.

Fueron los bomberos y se los encontró a él muerto y a ella en el suelo, rodeados de bolsas de basura, ropa, papeles y placas de fotos”.

Aurelia Wandosell falleció en 1998 en una residencia de ancianos. No tenían descendientes, solo una sobrina de un primo de ella, que les había perdido la pista hacía tiempo.


El tipo atormentado que entró en el infierno
Borja Hermoso

Lo que encierra el cuaderno hallado en el Rastro es el relato de un escritor prácticamente cubista que subvierte cualquier norma redaccional y altera tiempos y lugares. En ocasiones narra en pasado, otras veces lo hace en presente: “¡Comienzan a asesinar Guernica ante mis ojos!

Un estallido tremendo, jamás oído, y la ciudad corresponde lanzando un enorme volcán de fuego, tierra, humo y… un coche que va esparciendo las personas que viajaban en él.

Tal vez en huida: una señora de aire hermoso, un hombre destrozado, ensangrentado, y una niña preciosa, como de dos años… paralizada en el estupor del no pensado daño”.

“Es el Guernica interior de un tipo atormentado que cuenta cómo entró en aquel infierno, es un Guernica que aún huele a escombro y a sangre, no es una creación intelectual como la de Picasso, es alguien viviendo su propio infierno”, explica Javier Monjas, escritor, periodista y ex reportero de guerra en Antena 3, quien considera que Antonio Calvache es el perfecto personaje maldito: “Pero un maldito de verdad, porque habiendo ganado la guerra los suyos, él se ve totalmente postergado y muere en la más absoluta miseria”.



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