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El alpinismo en el ADN

Veinte años después de la muerte en el K 2 de su madre, Alison Hargreaves, su hijo Tom Ballard repite las gestas que la hicieron única




Óscar Gogorza13 MAY 2015 - 17:01 CEST


Alison, junto a sus hijos Katie (en brazos) y Tom, en una imagen de 1995. / REUTERS








En Courmayeur, localidad de referencia del italiano valle de Aosta, cada vez que nace un niño varón se escucha un dicho: si al lanzarlo contra la campana de la iglesia se escurre, se convertirá en sacerdote, pero si se sujeta, se convertirá en guía de alta montaña.

Una forma de explicar el determinismo genético, el nexo de unión que une, por ejemplo, a Tom Ballard con su madre, Alison Hargreaves.

Justo el último día del pasado invierno, el alpinista inglés de 26 años, Tom Ballard, escaló en solitario la cara norte del Eiger.

De hecho, puede decirse que, sin haber nacido siquiera, ya la había escalado en el vientre de su madre, embarazada de seis meses.

Alison está señalada como la mejor alpinista de todos los tiempos; fue la primera mujer en escalar el Everest sin ayuda ni oxígeno, en 1995


En la misma temporada, Tom ha ascendido también sin compañero de cuerda las otras cinco grandes caras norte de los Alpes (Grandes Jorasses, Cervino, Piz Badile, Cima Grande di Lavaredo y Petit Dru): sin duda una gesta, sí, pero que va mucho más lejos de lo estrictamente alpinístico. Ballard se sacudió ese día años de presión, de obsesión, tal vez.

“Sí, creo que mi madre hubiese estado orgullosa de mí”, comentó para la prensa inglesa poco después de dejar atrás el Eiger. Su madre no fue otra que Alison Hargreaves, señalada como la mejor alpinista de todos los tiempos, inglesa de Derbyshire quien en 1993 completó casi exactamente la gesta que acaba de protagonizar su hijo, embarazo mediante.

Hargreaves fue también la primera mujer en escalar el Everest sin ayuda, sin sherpas, sin oxígeno artificial. Fue en 1995. Tres meses después murió tras hollar la cima del K 2.

El alpinista oscense Lorenzo Ortas es lo más parecido a un testigo de la muerte de Alison. Siete personas alcanzaron la cima del K 2 pasadas las seis de la tarde del 14 de agosto de 1995. La propia Alison, los aragoneses Javier Olivar, Lorenzo Ortiz y Javier Escartín, el norteamericano Rob Slater y el neozelandés Bruce Grant murieron arrancados de la montaña por un furioso e imprevisto vendaval. El canadiense Jeff Lakes, abandonó el ataque a cima, logró descender, pero murió de agotamiento.

En el campo 4, Lorenzo Ortas y Pepe Garcés, demasiado fatigados como para viajar a la cima, decidieron esperar a sus compañeros: el viento, que arreció con furia salvaje a las 8 de la tarde, arrancó su tienda, se llevó sus sacos y a la mañana siguiente apenas pudieron iniciar un interminable viaje ladera abajo para salvar sus vidas. “Sabíamos que algo terrible había ocurrido, y nuestros temores se confirmaron cuando vimos en la nieve un impacto de sangre y, sobre todo, cuando encontramos la chaqueta floreada de Alison, una de sus botas y su arnés”, recuerda Ortas.


Alison Hargreaves, en el Everest. / Reuters




Alison y su marido James Ballard tenían entonces dos hijos, Kate, de 4 años, y Tom, de seis. Los tres habían acompañado a su madre hasta el campo base del Everest, donde la esperaron a su regreso triunfal de la cima. James consideró fundamental viajar con sus hijos hasta el pie del K 2 para que estos conocieron el lugar donde reposaba su madre. Asegura que la iniciativa ayudó a los críos a despedirse de la madre. Tom, quien confiesa no saber si sus recuerdos son propios o fruto de lo que ha leído acerca de su progenitora, solo sabe que siempre ha deseado ser un alpinista tras las huellas de su madre. Su padre ha sido su cómplice.

Si bien el propio James reconoce que su matrimonio se vio afectado por la pasión de Alison por las montañas, y los biógrafos de la alpinista apuntan hacia una relación matrimonial plagada de altibajos, James ha mantenido la promesa que un día pactó con su mujer: propiciar una vida de libertad y naturaleza a sus hijos.

Hace seis años, James y Tom abandonaron su hogar y desde la fecha viven en una furgoneta, o en cámpings del arco alpino, como una extraña pareja que a veces pasa horas sin dirigirse la palabra, en silenciosa armonía. El padre cocina y hasta fabrica los caros pitones de roca para su hijo, ahorrando dinero. Ambos mantienen una economía de guerra, dispuestos a estirar al máximo sus ahorros y pequeños ingresos, viviendo al día, como si fuesen personajes al límite, extraídos de una novela de Paul Auster.

Su rutina es sencilla: acampan en un lugar escogido, al pie de una pared, como en los Dolomitas, ahora mismo y una vez allí, Tom escala en solitario. James, escritor, fotógrafo y escalador, todavía recuerda el día en el que Alison montó un escándalo porque le pareció que él empujaba demasiado fuerte el columpio en el que volaba Tom: “Me echó una bronca tremenda… la misma persona que había escalado la norte del Eiger embarazada…”, narraba a The Guardian en 2002.

Tom, inglés de 26 años, ha ascendido también las otras cinco grandes caras norte de los Alpes


Tom es un grandísimo y polivalente alpinista, un tipo ajeno a la publicidad y del que apenas nadie, tan solo unos pocos íntimos, conoce sus gestas. Vive una vida sencilla, concentrado en escalar en todo tipo de terreno: roca, hielo, mixto. También en esquiar. Sin compañero a ser posible, puesto que adora la velocidad que uno puede alcanzar cuando escala ligero, sin la cuerda que asegura tu vida pero también te frena.

De pequeño, Tom se propuso escalar montañas por su madre, escalar allí donde ella no había llegado, pero pronto se vio repitiendo las vías escaladas por su madre, siguiendo sus pasos, como si escalase encordado a su omnipresente recuerdo.

Fue entonces cuando decidió seguir su propio camino sin dejar de seguir el de su madre. Ahora escala para sí mismo, pero, tal y como reconoce, aún le queda una cosa que hacer: verse en perspectiva desde la cima del K 2, pisando allí donde Alison pisó por última vez.



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